
Sandino no solo fue un combatiente militar y un dirigente político, sino también un hombre profundamente espiritual y filosófico. Sus creencias y prácticas trascendían lo meramente religioso, integrando corrientes místicas, esotéricas y filosóficas que marcaron su visión de la vida y de la lucha.
En primer lugar, Sandino fue iniciado en la masonería, lo que le permitió entrar en contacto con valores universales de fraternidad, libertad y justicia, pilares que luego trasladó a su pensamiento político y social. Su inclinación hacia el espiritismo lo acercó a la idea de que la vida no se agota con la muerte física, sino que se prolonga en otros planos, algo que reforzaba su convicción de luchar hasta las últimas consecuencias sin temor al sacrificio personal.
Al mismo tiempo, practicaba ejercicios de yoga, disciplina que le ayudaba a cultivar el autodominio, la meditación y la fortaleza interior. No era un simple guerrillero empuñando un fusil: era un hombre que buscaba el equilibrio entre cuerpo, mente y espíritu, lo cual le permitía soportar las duras condiciones de la montaña y mantener la claridad en los momentos decisivos.
Otro aspecto curioso de su cosmovisión era su gran fe en el almanaque chino, que consultaba con frecuencia. Este interés muestra su conexión con la sabiduría ancestral de Oriente y su inclinación hacia sistemas de pensamiento que integraban lo cósmico, lo espiritual y lo humano, buscando interpretar las señales del tiempo, la naturaleza y los astros.
Además, Sandino fue el representante en Nicaragua de la Escuela Magnético-Espiritual de la Comuna Universal (EMECU), movimiento espiritual fundado en 1911 en Buenos Aires por Joaquín Trincado Matheos, físico y matemático argentino, quien se autodenominaba “Maestro Espiritual”. Esta escuela sostenía la idea de la “Comuna Universal”, una humanidad unida bajo principios de justicia, amor fraternal, igualdad y espiritualidad trascendente. Para Sandino, la EMECU no era solo una doctrina, sino una plataforma ética y moral que reforzaba su visión antiimperialista y su proyecto de una Nicaragua libre e integrada en una gran comunidad humana.
Su adhesión a la EMECU le daba un sentido místico a la lucha: no se trataba únicamente de expulsar a los marines estadounidenses, sino de levantar un proyecto de redención universal, en el que Nicaragua era parte de un engranaje espiritual mayor. Él mismo llegó a decir que su ejército era “pequeño en número, pero grande en espíritu”, reflejando esa conexión entre la acción revolucionaria y la fe en fuerzas superiores.
En suma, Sandino fue mucho más que un guerrillero. Fue un místico-guerrero, un líder que conjugó la acción política con la espiritualidad profunda, alimentando su lucha con ideales universales de justicia, armonía y trascendencia. Su figura, por tanto, no puede entenderse plenamente sin considerar estas dimensiones ocultas que marcaron su carácter y le dieron esa fuerza inquebrantable que lo hizo inmortal en la memoria de los pueblos de América.
Respuesta contundente a burda manipulación
La prensa oligárquica y vendida al imperio —como El Diario Nicaragüense de Granada— siempre buscó disminuir la figura del General de Hombres Libres, Augusto C. Sandino. Cuando no podían derrotarlo en el campo de batalla ni con la fuerza de las armas norteamericanas, intentaban ridiculizarlo con chismes, anécdotas inventadas o exageradas, manipulando episodios para presentarlo como un charlatán o un déspota.

El supuesto “poder hipnótico” que la nota menciona no es más que un recurso burlesco para pintar a Sandino como un curandero de feria. Lo cierto es que Sandino practicaba la meditación, el yoga y el espiritismo, lo cual le daba un aura de serenidad y confianza que impresionaba a sus contemporáneos. Los enemigos no podían comprender ni aceptar que un campesino de Niquinohomo tuviera tal dominio de sí mismo, ni que inspirara tanta fe en sus hombres. De ahí que inventaran episodios risibles, como que curaba dolores de cabeza con la mirada. Eso no es historia: es propaganda contra el líder popular.
En cuanto a la segunda “anécdota”, sobre el fusilamiento de un hombre que golpeó a su esposa, también refleja un sesgo interesadamente distorsionado. Sandino tenía un profundo respeto por la mujer campesina, a quien consideraba base de la vida y la resistencia en la montaña. Varias veces dejó claro que en sus filas no se toleraban abusos ni contra mujeres ni contra la población civil. Si un soldado cometía atropellos, era sancionado severamente, porque su Ejército Defensor de la Soberanía Nacional de Nicaragua no era una gavilla, sino una fuerza disciplinada y moralizada.
Los periodistas de la oligarquía presentaban esto como “barbarie” o “dictadura”, cuando en realidad se trataba de un intento de establecer orden y justicia en territorios abandonados por el Estado. ¿No era acaso más bárbaro el ejército de ocupación estadounidense, que quemaba aldeas enteras, asesinaba campesinos inocentes y hasta exhibía orejas de nicaragüenses como trofeos de guerra? ¿No eran más brutales los Somoza, que convirtieron al país en hacienda privada, asesinando, torturando y desapareciendo a miles?
La pregunta que cierra la nota —“¿Es así como se debe mandar, con el fusilamiento o con el perdón?”— está cargada de hipocresía. El mismo gobierno de Sacasa al que la prensa defendía fue incapaz de proteger al pueblo del abuso de los marines ni de los criminales locales. Sandino, en cambio, defendió a los campesinos con firmeza, incluso castigando a sus propios hombres si abusaban del pueblo. Esa era la diferencia entre un líder auténtico y un presidente títere.
En conclusión, estas anécdotas no son más que un reflejo de la guerra psicológica y mediática contra Sandino: ridiculizar su espiritualidad, exagerar sus decisiones disciplinarias y manipular sus acciones justicieras. Pero la historia ha puesto cada cosa en su lugar. Sandino hoy es símbolo de dignidad y soberanía para los pueblos de América, mientras que los periódicos que intentaron denigrarlo han quedado en el olvido, junto a las mentiras que defendían.
Siempre Más Allá…
Walter C. Sandino
